El poeta mudo. La poesía en el Día Internacional de la Poesía 3


por Valerio Cruciani. Escritor, poeta, guionista y traductor.

Hace no mucho tiempo, un poeta italiano bastante conocido, Valentino Zeichen, fue invitado a participar en una conferencia sobre literatura y sociedad, en la Universidad “La Sapienza” de Roma. Él tenía que abrir la mesa de debate con un discurso sobre la poesía y su papel hoy en día. Como Zeichen no está acostumbrado a preparar sus discursos y sus ponencias, ya que es un excelente hablador e improvisador, con dotes para la oratoria y una gran cultura, se levantó como suele hacer, cogió el micrófono, miró detenidamente a todo el público que había en la sala (poco, la verdad) y se quedó callado. Pasaron unos minutos de total silencio, un silencio tenso e incómodo. Al principio la gente pensaba que se trataba de una broma, pero no fue así: de repente Valentino Zeichen se había quedado sin palabras. No dijo ni “mu”. Por primera vez en su vida, no sabía qué decir sobre la poesía. El coordinador de la conferencia, el profesor Tullio De Mauro, lo sacó de apuros con un chiste y con mucha elegancia consiguió salvar a Zeichen de esa embarazosa situación, dando la palabra a otro ponente.

ImagenUniversitá La Sapienza di Roma. Foto de Geomangio (flickr)

Bueno, vale: la historia de la improvisa mudez del poeta me la acabo de inventar. Todo lo de arriba no ha pasado nunca, o por lo menos que yo sepa no ha pasado nunca. Pero es una fantasía que tiene algo que ver con la realidad y con la situación actual no sólo de la poesía, sino de la literatura, del arte, del intelectual. Tiene mucho que ver con el miedo a la mudez, el miedo a que todos nos quedemos así, de repente, mudos, sin saber qué decir. Sin saber qué escribir. Por qué escribir.

Callarse no siempre está mal. Hoy en día la poesía (y trato de limitarme a este campo del desconocimiento humano, del que yo soy gran desconocedor), sufre quizás del mal opuesto: hay mucho, muchísimo ruido a su alrededor. Tanto, que ya no se sabe qué es poesía. Y al primero que diga poesía eres tú, le corto la metafórica lengua.

He tenido el privilegio de observar unos hechos desde cerca, y de los que me hago eco simplemente para tratar de definir contigo, querido lector, un diagnóstico de la Enfermedad del Poeta.

Primer hecho: se ofrecen muchos y variados cursos de poesía, pero su éxito (no su calidad) es medianamente escaso y dudoso (salvando las excepciones). A menudo, cuando se emprende el camino de aprendizaje, el estudiante se desanima enseguida: o por exceso de tecnicismos (no acepta la idea de que escribir poesía implica conocer unas técnicas literarias), o por falta de ellos (no acepta la idea de que la poesía ya no se parece ni de lejos a lo que ha estudiado en el colegio, y que ya no tiene nada que ver con Rubén Darío, Bécquer o incluso Lorca).

Segundo hecho: muchísimos más estudiantes adultos se dedican al aprendizaje de la escritura creativa (la narrativa), y muchos de ellos dicen simplemente que “no les gusta la poesía, no la entienden”. Traducido: no saben cómo interpretar el código literario de la poesía, su lenguaje, y muchos creen que hace falta tener un don especial, unas dotes raras e inescrutables para poder leer y disfrutar de la poesía. Cuanto antes nos libremos de esta apestosa y rancia leyenda del poeta como loco-sabio-inspirado-excéntrico-divino, que se alimenta de libros, alcohol, tabaco y bufandas amplias, antes empezaremos a disfrutar todos libremente de la poesía.

Tercer hecho (parecido al segundo): muchos creen que si no les gustan unos determinados clásicos o no los entienden (sobre todo los modernos), no son dignos de acercarse a la poesía. Otros directamente rechazan la idea de intentar entender y apreciar lo moderno y las vanguardias, y con escasa modestia creen que sus conocimientos de la poesía son suficientes para permitirles vivir en un mundo de lecturas que no va a salir de sus cánones.

Cuarto hecho: Internet está LLENO de poesía. Está a rebosar, hay probablemente más páginas de poesía que webs pornográficas. Alguien dirá ¿y qué hay de malo? Significa que hay muchísima gente interesada en la poesía (y en la masturbación).Desgraciadamente esta no es mi opinión, querido lector. Internet está lleno de ególatras, y en muchísimos casos se trata de páginas en las que el usuario publica cualquier cosa se le ocurra, poniéndola bajo el lema “poesía”. Lo mismo pasa en las redes sociales, en las que se difunde cada vez más la costumbre molesta e invasiva de personas que cada día, casi cada hora, publican “palabras” con interrupciones parecidas a versos.

ImagenSky Sonnet, de Edu Barbero (flickr)

Quinto hecho: a pesar de lo dicho en el punto cuatro, la gente que lee, ama y estudia poesía no aumenta. Quizás disminuye. Muchos huyen asustados, y tienen razón: cualquier persona de intelecto sano, evitaría acercarse a ciertos horrorosos recitales o a melosos contenedores digitales de “versos”.

En todo esto, el “sistema” oficial se convierte cada día más en una especie de engendro oligárquico, caníbal y endogámico, alejando por completo los editores y los poetas de su real público: EL público, la gente, los lectores. Así que esto se ha convertido en una especie de doble monólogo de sordos (y la sordera a menudo está relacionada con la mudez): por un lado los que escriben versos a más no poder, sin criterio ni guía alguna; y por el otro, los académicos, que no por ser tales siempre saben de verdad qué es buena poesía. Pero por lo menos saben cómo hacer para que El País saque una o dos veces al año un artículo sobre una “nueva” generación de autores, con foto de grupo incluida.

Pues bien, esta es, según mi modestísima opinión, la situación actual de la poesía. Su mudez se debe a la incapacidad de los poetas de sentirse hombres que forman parte de una gran comunidad: su ciudad, su país, la gente que los rodea (comunidad que casi nunca, todo hay que decirlo, les concede esta posibilidad).

La poesía tiene el privilegio de poder manipular, usar, distorsionar el lenguaje para empujarlo hacia otros mundos, llevando consigo al lector, a la comunidad, proporcionando recursos para nuestra fantasía, para que crezca nuestra capacidad de imaginar mundos diferentes. La poesía puede ser (y lo ha sido en el pasado) un vehículo excelente de saber y de conocimiento.

ImagenCaperoz, de Edu Barbero (flickr)

Pero, ¿qué saber, qué conocimiento se puede transmitir hoy en día? ¿Cómo puede el poeta asumir tal papel? Es aquí que humildemente me retiro de nuevo en mi silencio, sugiriendo lo que para mí es el único recurso realmente interesante para hacer poesía hoy en día: la lírica; el yo. El yo es el único recurso que le queda a la poesía para poder Comunicar y volver a tener el papel que se merece.

Filtro de todo el conocimiento humano, de la experiencia del individuo que se hace universal, el yo del poeta, vivo en medio del lenguaje vivo, es el yo del individuo, del ser humano que todavía existe y se resiste a la cosificación.

El yo ES la humanidad, sobre todo ahora, que casi no se reconoce un ser humano de un objeto/sujeto del consumo.

Valerio Cruciani (Roma, 1977) es poeta, escritor, guionista y traductor. Es profesor de escritura creativa en las bibliotecas de Madrid y en el taller a distancia de Carmen Posadas. Tiene un blog sobre escritura en http://madridescribe.wordpress.com


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